Posteado por: Jessica en: 09.11.08 @ 23:00
Hoy la casa de mi infancia ya no existe ni hace falta,
Yo la llevo bien adentro en mis entrañas,
Toda llena de colores y de desapariciones,
Muy tempranas, muy profundas, muy amargas.
Habían pasado once años, pero nada había cambiado. Los mismos muebles que ella recordaba continuaban ocupando su exacto lugar. Es como si la abuela aún viviera, pensó y atravesó el pasillo oscuro que la llevaría a la cocina. De la vaporera sobre la estufa escapaban los olores de los tamales de pollo con salsa verde envueltos en hojas de plátano. Cerro los ojos y respiro hondo, invocando con aquellos olores algún recuerdo bonito de su infancia, pero ninguno le hizo el favor aquella tarde de julio. Al fondo, la puerta que daba al patio estaba abierta y dejaba entrar una brisa de aire frío que la hizo estremecerse de los codos al cuello uterino. Se acerco tan sólo hasta el umbral y cerro con el pasador. Eran muchas las historias que de niña había oído sobre fantasmas rondando aquella parte abandonada de la casa, privando de dulces sueños sus noche porque estaba segura de que en cualquier momento se le aparecería un alma en pena y no sabría si salir corriendo despavorida o ponerse a rezar un rosario.
Años después, cuando los hermanos Ibarra mandaron cavar aquel terreno para hacer una pila de agua, se descubrió un túnel secreto en el que se encontraron los esqueletos de dos hombres y un saco con treinta centenarios de oro. La abuela siempre lo negó porque sabia el miedo que todo aquello le causaba, pero como la curiosidad pudo más, le pregunto al tío Jorge.
“De esos [esqueletos], hay por todo Sahuayo. Cuando la Guerra Cristera, la gente se escondía de los soldados y a esos dos seguramente alguien olvido sacarlos de allí. De hecho, todo este terreno era un cementerio antes de convertirse en un zona residencial. ¿No me crees? Ve pregúntale a tu tía Aurora y que te enseñe las fotos de las cabezas decapitadas y de los ahorcados en la plaza. Sí, rézale un rosario a José Sánchez del Río por los muertitos, digo, si no quieres que te vengan a jalar los pies en la noche.”
Ni pregunto, ni rezo y esa noche por primera vez en su vida mojo la cama.
De nuevo atravesó el pasillo oscuro y subió las escaleras al segundo piso. Se detuvo frente a la puerta del que fue por muchos años el taller de dibujo del tío Jorge. Ahora era un cuarto con una cama sin sabanas y dos libreros sin libros. Los posters de mujeres semi desnudas habían dejado un marco permanente en la pared sobre la cabecera. A su izquierda, la escalera de caracol que daba a la azotea estaba adornada con pequeñas macetas de naturaleza muerta. Una vieja lata oxidada guardaba las pinzas para colgar ropa. Con mucha más maña que gracia, subió las gradas y en la ultima se sentó. Desde ahí podía ver las demás azoteas vecinas, de casi todas colgaba ropa. Solo de una, un perro negro y con la cola mocha le ladraba a la gente que pasaba por la calle. Los enamorados que iban a la plaza, se cruzaban a la banqueta opuesta y seguían su camino de la mano. Él asegurándole a ella que no pasaba nada y ella engañándose creyendo que él era una especie de héroe. Y cuantas veces ella no creyó lo mismo de tantos, cuando en la azotea se había dejado seducir con palabras y caricias por más de dos.
Diego, el hermano menor de la ex-tía Verónica, se le declaro el mismo día de la boda del tío Jorge con Nacha. La espero en la azotea dos horas y quince minutos hasta que ella pudo escaparse de la recepción sin probar el pastel de fresas que la abuela Carmen dijo seria inolvidable. Frente a frente y entre miradas complices, se le monto de un salto sintiendo las ansias de él por ella. Me encantas, no sabes cuánto. En el suelo tendieron las sabanas y toallas que Mercedes había lavado esa misma mañana y luego hicieron el amor en silencio, ahogando sus gemidos el uno en la piel del otro. Cuatro encuentros más en la azotea y uno en el cuarto de él, para que exactamente dos semanas después, ella lo esperara toda una noche sin que Diego apareciera. Cuando amaneció y considerando la buena hora, corrió a tocar a su puerta, pero nadie acudió a su llamado desesperado. Siguió tocando, dos, tres minutos, hasta que la vecina que comenzaba a acomodar su puesto de gelatinas le dijo que todos se habían ido a Guadalajara. ¿Diego también? Claro, muchacha, si lo fueron a llevar al aeropuerto. Dieguito se fue pa’l norte.
Iba cayendo la noche, pero el calor de julio no parecía cesar. Cansado de ladrar y de ser insultado, el perro había seguido la sobra de las sabanas que colgaban de su tendedero. Las campanas del santuario repicaban el ultimo llamado para la misa de ese día. Años atrás, había abandonado esas costumbres impuestas y depositado su fe absoluta en un hombre real, de carne, hueso y emociones encontradas. Con los ojos empañados, fijo la mirada hacia el cielo y se lamento no haber sido capaz de conservar su lugar en el corazón de aquel hombre. Ya es tarde, le oyó decir a la noche, es hora del descenso. Y de un salto se extinguió como una llamarada en gloria.